Newsletter sobre burnout, para mujeres que sostienen mucho
Eres la que resuelve.
Y el día que la que se cae eres tú, no sabes a quién llamar.
Te escribo sobre el burnout: cómo se llega, cómo se ve por dentro cuando por fuera sigues funcionando, y qué se puede empezar a soltar. Correos de dos o tres minutos, sin calendario fijo.
Si lo que buscas es rendir más, esto no te va a servir.
Escribo cuando tengo algo que valga tus tres minutos. Te das de baja cuando quieras, con un clic. Tu correo no se comparte con nadie.
Nadie llega al burnout de un salto.
Se llega de a poco. Y cada paso, cuando lo das, tiene todo el sentido del mundo.
Primero te quedas media hora más, porque el proyecto lo vale.
Después contestas el correo del domingo por la tarde, porque así el lunes arranca más liviano.
Después dejas el ejercicio, porque es lo único de la agenda que se puede mover.
Después dejas de ver a tus amigas, porque cuando por fin tienes un rato libre lo único que quieres es no hablarle a nadie.
Ninguna de esas decisiones fue un error. Una por una, todas eran razonables.
El problema es lo que arman juntas: una vida donde tú eres lo único que se puede mover.
Eso es el burnout.
No es la imagen que tienes en la cabeza, la mujer que un día no se puede levantar. La mayoría de las veces se ve exactamente como tú te ves ahora: cumpliendo, entregando, resolviendo.
Por fuera no se nota nada. Por eso nadie lo trata como un problema.
Tú tampoco.
La pregunta que te haces no es la que te va a sacar de acá.
Cuando llegas a este punto, hay una pregunta que aparece sola, casi siempre de madrugada:
¿Qué me pasa que ya no puedo con lo que antes podía?
Es una pregunta tramposa. Te pone a ti como la falla. Y te deja buscando la salida en el mismo lugar donde se armó el problema: en cuánto aguantas.
Hay otra pregunta. Es más incómoda y sirve mucho más:
¿Cuánto de lo que estoy cargando me toca de verdad?
La primera se responde con más disciplina. Por eso te gusta: sabes hacerla.
La segunda no. La segunda se responde revisando qué dijiste que sí sin pensarlo, qué te asignaron sin preguntarte y qué sigues sosteniendo por pura costumbre.
Esa revisión toma tiempo. Pero empieza acá, con esa pregunta.
No se trata de que te vuelvas otra.
Se trata de que empiecen a pasar cosas así:
Un miércoles cierras el computador a las seis y no sientes que estás dejando algo a medias.
Te preguntan si puedes con una cosa más, dices que no, y no pasas las dos horas siguientes redactando la justificación en tu cabeza.
Un sábado te despiertas sin nada agendado y eso no te da ansiedad.
No te voy a decir que eso pasa en tres semanas, ni que pasa solo por leerme. Lo que sí te digo es que en cada correo vas a encontrar algo concreto para mirar.
Qué vas a recibir, exactamente
Correos cortos, de dos o tres minutos.
Sin calendario fijo: te escribo cuando tengo algo que decirte, no para cumplir con una fecha.
En cada uno, una escena o una idea, y algo concreto que puedas probar esta semana. Sin teoría larga ni listas de veinte pasos que no vas a hacer.
Nada de promociones disfrazadas de contenido. Cuando tenga algo que ofrecerte, te lo digo directamente y sigues leyendo o no.
Esto es para ti si
llevas meses funcionando en automático y ya intentaste las vacaciones, dormir más y decir que no de vez en cuando.
Esto no es para ti si
estás buscando un método para exprimirle dos horas más al día. Ese no es el problema.
Quién te escribe
Soy Paula.
Llevo más de dieciséis años en consultoría tecnológica, en seguros y servicios financieros. Sé lo que es una semana de doce horas diarias y llegar al viernes sin acordarme de qué pasó el lunes.
También soy coach certificada, y hoy acompaño a mujeres que están donde yo estuve.
Escribo esta newsletter porque me habría servido recibirla.
Si algo de esto te sonó a ti, empecemos por acá.
Déjame tu correo. Te escribo cuando tenga algo que valga tus tres minutos.
Te das de baja cuando quieras. Tu correo no se comparte con nadie.
No hace falta que se te caiga todo para que esto te sirva.